Hay una frase que escuché de un chico de 16 años en una sesión (y se me quedó grabada):
“En clase soy uno. Con mis colegas soy otro. En casa soy otro. Y en Instagram… no sé ni quién soy, pero tengo que parecer alguien.”
No lo decía como drama, sino como si fuera lo normal. Y quizá lo es: la adolescencia es, precisamente, ese laboratorio donde se prueba, se mezcla, se descarta y se vuelve a empezar. El problema surge cuando los adultos miran ese movimiento con miedo y lo interpretamos como “inestabilidad”, “inmadurez” o “confusión”. En realidad, la mayoría de las veces es crecimiento.
¿Qué es la identidad (de verdad)?
Desde una mirada humanista, la identidad no es una etiqueta (“soy tímido”, “soy rebelde”, “soy el responsable”). Es una experiencia interna: la sensación de continuidad y coherencia de quién soy, de qué valoro y de cómo me posiciono en el mundo, aun cuando cambio.
Carl Rogers hablaba del self como una construcción viva: vamos integrando experiencias, necesidades, deseos, límites y también el amor/aceptación (o no) que recibimos.
Si un joven aprende que solo es querido cuando “encaja” o “rinde” o es como se espera que sea, su identidad se vuelve una máscara, un personaje de cara a «la galería» y poco a poco se va desconectando de su verdadero ser.
Por eso es clave esta idea: la identidad es proceso, no resultado.
No se “encuentra” como quien encuentra un objeto. Se va creando a través de elecciones, vínculos, errores, aprendizajes, sentido, de historias, de sueños, de pensamientos, de vivencias y de lo que los demás nos devuelven.
Por eso es importante transmitir a los jóvenes que la identidad se va construyendo a fuego lento, día a día.
Los pilares que conforman la identidad
Como hemos comentado ya, la identidad se construye poco a poco, a lo largo de la vida, pero es innegable que en la adolescencia, está en plena construcción, es una etapa de poner los pilares de lo que somos y seremos.
¿Qué pilares es necesario abordar con ellos para que entiendan lo que están experimentando y le puedan dar sentido?
- Pertenencia y vínculo
Necesitamos pertenecer, somos tribu. En la adolescencia, el grupo de iguales pesa muchísimo. La pertenencia da seguridad (“no estoy solo”), pero también puede presionar (“si no hago esto, quedo fuera”). - Autoconcepto (cómo me veo)
Lo que el joven cree de sí mismo: “soy capaz”, “soy raro”, “no valgo”, “soy creativo”. Aquí influyen experiencias, comparaciones, redes sociales y los mensajes familiares y de su entorno. - Autoestima (cómo me valoro)
No solo “me gusto” o “no me gusto”, sino si siento que merezco respeto, amor y oportunidades. La autoestima sana no es arrogancia: es dignidad. - Valores y principios (qué es importante para mí)
Lo que guía mis decisiones cuando nadie mira. A veces los jóvenes aún no saben nombrarlos, pero se nota en lo que defienden, lo que rechazan y lo que admiran. - Propósito y sentido
No hace falta tener “vocación” a los 15, pero sí empezar a preguntarse: “¿Qué me importa? ¿Qué me mueve? ¿En qué aporto?” - Autonomía (capacidad de elegirme)
Identidad también es poder decir: “Esto sí” y “esto no”. Autonomía no es hacer lo que quiero, es aprender a sostener mis decisiones. - Cuerpo y emocionalidad
El cuerpo cambia, la imagen importa, la emoción se intensifica. La identidad incluye aprender a habitar el cuerpo y a regular lo que siento sin avergonzarme.
Identidad: lo que te hace único y diferente
Lo único no es “ser distinto por llevar la contraria”. Lo único aparece cuando un joven empieza a juntar piezas:
- sus fortalezas (lo que se le da bien o le sale natural),
- sus heridas (lo que le dolió y le enseñó),
- sus valores (lo que no negocia),
- su mirada (cómo interpreta el mundo),
- y su historia (lo vivido, lo que eligió, lo que superó).
Ser uno mismo no es ser perfecto: es ser congruente con uno mismo.
¿Qué pasa cuando por «pertenecer» dejamos de priorizarnos?
Aquí está una de las trampas más comunes: confundir pertenencia con renuncia. Renuncia a mis valores, mis sentimientos, mi criterio, mis decisiones, mis líneas rojas…
Cuando para ser aceptado tengo que callarme, disfrazarme o traicionarme, el coste suele ser alto:
- ansiedad social (miedo constante a perder el lugar),
- vacío o sensación de “no sé quién soy”,
- dependencia del grupo o de la aprobación,
- decisiones que luego generan culpa o desconexión interna.
Desde el coaching ecointegrativo, esto se mira también de forma sistémica: el joven no elige en soledad. Elige dentro de un “ecosistema” (familia, redes, cultura, aula). Por eso, más que culpabilizar, busquemos acompañarles en la toma de conciencia + aportarles recursos + apoyo para que el joven pueda pertenecer sin perderse.
Cómo acompañar como adultos (sin controlar ni soltar del todo)
Te propongo 6 claves prácticas para que puedas aplicarlas en el día a día:
- Crea un espacio donde no tenga que “ganarse” tu amor
Separar conducta de valía: “No apruebo esto que has hecho” no es “no te apruebo a ti”. - Cambia el juicio por curiosidad
En vez de “¿Por qué eres así?”, prueba: “¿Qué te estaba pasando por dentro?” - Valida emociones antes de orientar
Validar no es dar la razón: es reconocer la necesidad que hay debajo de la acción. “Entiendo que quieras encajar. A cualquiera le dolería quedarse fuera.” - Acompaña a identificar valores
Ayuda a poner palabras a sus valores: respeto, lealtad, libertad, honestidad, justicia, cuidado, creatividad… - Refuerza decisiones congruentes (aunque sean pequeñas)
“Me gustó que dijeras que no, aunque te costara.” Eso construye y fortalece tu identidad. - Revisa tu “mochila” como adulto
A veces exigimos identidad “firme” porque nos asusta su exploración. Y sin querer, presionamos. (Esto conecta mucho con la idea de la mochila emocional adulta que condiciona cómo conversamos con ellos.) Muchas veces hablamos desde nuestro dolor, desde nuestras heridas, y no desde una escucha y mirada limpias.
Preguntas para una conversación adulto-joven sobre identidad
Te propongo lo siguiente: en un momento de calma, respira, y con una mirada lo más limpia posible, activa una escucha profunda y empática y abre una conversación con tu alumno, tu hijo… y elige varias de estas preguntas (si te inspiran).
- “¿En qué momentos te sientes más tú?”
- “¿Qué cosas te dan orgullo de ti (aunque sean pequeñas)?”
- “¿Qué valor te gustaría que la gente notara en ti?”
- “¿Cuándo sientes que te estás traicionando un poco para encajar?”
- “¿Qué te cuesta decir en voz alta por miedo a lo que piensen?”
- “¿Qué tipo de persona admiras y por qué?”
- “Si tu vida tuviera 3 reglas importantes, ¿cuáles serían?”
- “¿Qué necesitas de mí para poder ser más tú en casa?”
- “¿Qué te gustaría probar este año, solo por curiosidad?”
- “¿Qué es un límite que te gustaría aprender a poner?”
Y una muy potente para cerrar:
- “Si dentro de un año te sintieras más en paz contigo, ¿qué habría cambiado?”
Para terminar
Te recuerdo que la identidad no se fuerza. Se cultiva. Y se cultiva con presencia, aceptación, conversación y libertad con límites.
Si quieres, puedo acompañarte a ti (madre/padre/educador) a sostener estas conversaciones sin pelea, y a acompañar a tu adolescente a construir una identidad más sólida y auténtica: desde el coaching, en un proceso personal, o si te parece interesante con un taller temático con otros padres, madres, educadores…
Si te apetece, no dudes en contactarme y lo ponemos en marcha
Gracias por estar ahí,
Un abrazo
Arantxa
imagen: FREEPIK


