¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos e hijas a reconocer su propio valor, incluso cuando se equivocan, fracasan o sienten que no están a la altura?
«Mamá, soy un desastre. No me sale nada bien».
Quizá tu hijo acaba de suspender un examen para el que había estudiado mucho. O tu hija ha vuelto de una tarde con sus amistades sintiéndose desplazada del grupo.
Intentas animarle:
«¡Pero si tú vales muchísimo!».
«No digas tonterías, eres estupenda».
«No te preocupes, seguro que la próxima vez te sale bien».
Lo hacemos desde el cariño, porque nos duele verles sufrir. Queremos recordarles todo lo bueno que vemos en ellos, devolverles la confianza y que dejen de sentirse así.
Pero ¿qué sucede cuando nuestras palabras no logran cambiar cómo se sienten?
Quizá, antes de intentar convencerles de lo mucho que valen, necesitan algo diferente: sentirse escuchados y aceptados, incluso cuando dudan de sí mismos.
Autoestima: mucho más que sentirse bien
En el post anterior hablamos del autoconcepto, esa imagen que vamos construyendo sobre quiénes somos.
Hoy damos un paso más: la autoestima.
Mientras el autoconcepto responde a «¿quién soy?», la autoestima tiene que ver con «¿cómo me valoro?».
Durante la adolescencia, esta valoración puede experimentar muchos altibajos.
El cuerpo cambia, las relaciones adquieren una enorme importancia, aparecen nuevas exigencias académicas y sociales, y la comparación con los demás está muy presente, especialmente en los entornos digitales.
A veces, la aprobación del grupo parece pesar más que cualquier reconocimiento familiar.
Nuestros hijos e hijas necesitan pertenecer, sentirse aceptados, diferenciarse y descubrir su lugar en el mundo.
Y mientras exploran todo esto, no siempre cuentan con los recursos emocionales necesarios para gestionar la frustración, el rechazo o la inseguridad.
Una autoestima saludable no significa sentirse seguro siempre, gustarse en todo momento o no tener miedo a equivocarse.
Significa poder reconocer nuestras fortalezas y dificultades sin que estas últimas determinen nuestro valor como personas.
Cuando el valor personal depende de los resultados
Vivimos en una sociedad que nos invita constantemente a demostrar.
Buenas notas, logros deportivos, amistades, popularidad, apariencia física, seguidores…
Sin darnos cuenta, podemos transmitir a nuestros hijos que su valor depende de lo que consiguen.
Celebramos con entusiasmo un sobresaliente, pero quizá apenas reconocemos la perseverancia que hubo detrás de un aprobado.
Nos preocupamos cuando no destacan en algo y olvidamos preguntarles si disfrutan haciéndolo.
No es que reconocer sus éxitos esté mal. El problema aparece cuando la valoración personal queda demasiado ligada a esos resultados.
¿Qué ocurre cuando suspenden?
¿Cuándo no les invitan a una fiesta?
¿Cuándo descubren que no son tan buenos en algo como esperaban?
Si sienten que necesitan conseguir, agradar o destacar para merecer reconocimiento, cada dificultad puede convertirse en una amenaza para su autoestima.
La valía personal no se gana con los éxitos ni desaparece con los errores.
Nuestros hijos pueden mejorar, esforzarse y asumir responsabilidades sin tener que demostrar constantemente que merecen ser queridos y respetados.
Acompañar no es evitar todas las dificultades
Cuando nuestros hijos sufren, nuestro primer impulso suele ser protegerles.
Queremos resolver el conflicto con sus amistades, evitarles una decepción o encontrar rápidamente una solución.
Pero desarrollar una autoestima saludable también implica descubrir que podemos afrontar dificultades.
Que somos capaces de tomar decisiones.
Que tenemos recursos para pedir ayuda.
Que podemos equivocarnos sin quedar definidos por nuestros errores.
Esto requiere ofrecerles oportunidades reales de autonomía, escuchar sus propuestas y confiar progresivamente en sus capacidades.
Podemos estar disponibles sin anticiparnos a resolverlo todo.
Podemos acompañar su frustración sin eliminarla inmediatamente.
Y podemos recordarles que confiamos en sus posibilidades sin exigirles que siempre sean fuertes.
Una pregunta como «¿Qué crees que podrías hacer ahora?» puede abrir más posibilidades que una solución que les damos antes de escucharles.
Por supuesto, acompañar también significa intervenir cuando existe un riesgo para su bienestar o seguridad.
La confianza no es ausencia de límites. Es permitir que desarrollen sus propios recursos dentro de un entorno seguro para ir ganando en autoestima.
Una pequeña práctica para casa: reconocer el proceso
Te propongo algo sencillo para esta semana.
Busca una situación cotidiana en la que tu hijo o hija esté afrontando una dificultad: una tarea que no consigue terminar, un desacuerdo con una amistad o una actividad que está aprendiendo.
En lugar de centrarte únicamente en el resultado, prueba a reconocer algún logro, reforzando su autoestima y el valor del proceso por sí mismo.
Por ejemplo:
- «He visto que has buscado otra manera de hacerlo cuando la primera no funcionó».
- «Aunque te costaba, te has atrevido a expresar lo que pensabas».
- «¿Qué has descubierto de ti intentando resolverlo?».
No se trata de convertir cada acción en un elogio.
Se trata de ayudarle a identificar capacidades y recursos que quizá todavía no reconoce.
Y, sobre todo, darle espacio para construir su propia valoración, sin depender siempre de nuestra aprobación.
Confiar en la semilla, también cuando todavía no florece
Me gusta pensar en la adolescencia como un tiempo de crecimiento en el que no todo lo importante resulta visible.
A veces vemos inseguridad donde se está construyendo autonomía.
Vemos frustración donde están aprendiendo a tolerar un error.
Vemos contradicciones donde están explorando su identidad.
Nuestros hijos necesitan experiencias, tiempo, vínculos seguros y oportunidades para descubrir quiénes son.
No podemos construir su autoestima por ellos.
Pero sí podemos contribuir a que crezcan en un entorno donde sepan que son valiosos, que pueden aprender y que no necesitan ser perfectos para sentirse aceptados.
Y también podemos revisar nuestra propia mirada para acompañarles desde un lugar más consciente y confiado.
Porque quizá uno de los mejores regalos que podemos ofrecerles es esta certeza:
No tienes que demostrarme cuánto vales. Tu valor ya está ahí. Y confío en tu capacidad para seguir creciendo.
Una pregunta para reflexionar
¿Qué aprende mi hijo o hija sobre su propio valor a través de la manera en que yo respondo a sus errores, dificultades y logros?
¿Y si necesitamos acompañamiento en este camino?
En ocasiones, la inseguridad, la comparación constante, el miedo al error o la exigencia excesiva terminan limitando las posibilidades de nuestros hijos y minando su autoestima.
A través de mi programa BETEEN adolescentes, ofrezco un espacio de acompañamiento individual donde pueden conocerse mejor, reconocer sus fortalezas, desarrollar recursos personales y construir una relación más amable consigo mismos.
Y porque las familias también necesitamos espacios para revisar nuestra manera de acompañar, con el programa BETEEN Madres y Padres trabajamos nuestras propias inquietudes, expectativas y formas de relacionarnos con nuestros hijos adolescentes.
Dos caminos de acompañamiento con una misma mirada: poner el foco en la persona, su valía y su proceso de desarrollo.
Si sentís que alguno de estos espacios puede ayudaros, podemos mantener una primera conversación gratuita para conocernos y valorar qué necesitáis y así buscar el mejor espacio de trabajo para vosotros.
Un abrazo amoroso
Arantxa


