Las palabras con las que hablamos de nuestros hijos e hijas pueden influir en cómo aprenden a mirarse.
«Es que eres un desastre».
«Siempre has sido muy tímida».
«Mi hijo es muy vago, no hay manera de que estudie».
«Ella es la responsable de la familia, nunca da problemas».
¿Te resultan familiares algunas de estas expresiones?
A veces las decimos sin pensar demasiado. En una conversación con otros padres, durante una discusión en casa o incluso con la intención de reconocer alguna cualidad de nuestros hijos.
Son frases cotidianas. Sin embargo, merece la pena preguntarnos qué ocurre cuando un adolescente escucha repetidamente determinadas afirmaciones sobre quién es.
Porque nuestras palabras no solo describen comportamientos. En ocasiones, también contribuyen a construir su identidad.
Y aquí entra en juego algo fundamental durante la adolescencia: el autoconcepto.
¿Qué es el autoconcepto y por qué importa tanto en la adolescencia?
El autoconcepto es la imagen que construimos de nosotros mismos. Es la respuesta que vamos dando, consciente o inconscientemente, a una pregunta esencial:
¿Quién soy yo?
Esa imagen se forma a partir de nuestras experiencias, capacidades, dificultades, relaciones, emociones y de la interpretación que hacemos de todo ello.
También influye en cómo sentimos que nos ven las personas importantes de nuestra vida.
No debemos confundirlo con la autoestima. El autoconcepto tiene que ver con cómo nos describimos y percibimos; la autoestima, con cómo nos valoramos.
Ambos están relacionados, pero no son lo mismo. Durante la adolescencia, esta construcción adquiere especial relevancia. Nuestros hijos e hijas están dejando atrás algunas de sus referencias infantiles y buscando otras nuevas. Necesitan explorar, diferenciarse, pertenecer a un grupo y descubrir qué les hace únicos.
Es una etapa de preguntas, contradicciones y cambios.
Un día se sienten capaces de todo y al siguiente dudan de sí mismos. Pueden mostrarse seguros con sus amistades e inseguros en casa, o viceversa. Y en medio de ese proceso reciben constantemente mensajes sobre cómo son y cómo deberían ser. De sus amistades, del profesorado, de las redes sociales y, por supuesto, de nosotros, sus madres y padres.
Cuando una conducta se convierte en una etiqueta
Imagina que tu hijo lleva varios días sin organizarse con sus estudios.
Después de recordárselo varias veces, terminas diciendo:
«¡Es que eres un irresponsable!».
Seguramente lo que quieres transmitirle es que necesita asumir sus obligaciones.
Pero hay una diferencia importante entre decir:
«No te has responsabilizado de tus tareas esta semana».
Y decir:
«Eres un irresponsable».
En el primer caso hablamos de una conducta concreta, que puede revisarse y modificarse.
En el segundo, estamos definiendo a la persona.
Y cuando repetimos determinadas etiquetas, existe el riesgo de que nuestros hijos terminen incorporándolas a la historia que cuentan sobre sí mismos:
«Soy malo estudiando».
«No valgo para hablar en público».
«Siempre decepciono».
«Soy el problemático de la familia».
No significa que una frase aislada determine su identidad. Somos mucho más complejos y contamos con numerosos recursos para construirnos. Pero las palabras repetidas, especialmente cuando vienen de personas significativas, pueden dejar huella. Y algo parecido ocurre con las etiquetas aparentemente positivas:
«Tú siempre sacas buenas notas».
«Eres la fuerte de la familia».
«Nunca nos has dado un problema».
¿Qué sucede cuando esa adolescente necesita pedir ayuda? ¿O cuando el hijo responsable suspende un examen?
A veces, una etiqueta positiva también puede convertirse en una exigencia difícil de sostener.
Nuestra historia también participa en su historia
Desde el coaching ecointegrativo, no miramos únicamente lo que hace o dice el adolescente. Ampliamos la mirada para comprender a la persona dentro de su contexto, sus relaciones y su historia.
Y en ese contexto también estamos nosotros. Como madres y padres, llegamos a la crianza con nuestra propia mochila: experiencias, creencias, expectativas, miedos y aprendizajes.
Quizá crecimos escuchando que equivocarse era fracasar.
O que había que ser fuerte, destacar, obedecer o no mostrar determinadas emociones.
A veces, sin ser conscientes, trasladamos esas mismas exigencias a nuestros hijos. O hacemos justo lo contrario, intentando evitarles aquello que nosotros vivimos.
No se trata de buscar culpables. Se trata de tomar conciencia para ampliar nuestras posibilidades de respuesta.
Podemos revisar nuestra manera de hablar, reconocer nuestros errores y reparar cuando sea necesario. No necesitamos ser madres y padres perfectos. Necesitamos estar disponibles para seguir aprendiendo también nosotros.
Tu hijo es mucho más que lo que hace
Esta es una de las ideas centrales de mi manera de acompañar desde mi progrma BETEEN:
El valor de una persona no depende de sus resultados, sus aciertos, sus dificultades o sus comportamientos.
Tu hijo no es sus suspensos.
Tu hija no es su timidez.
Tampoco son únicamente sus talentos, sus éxitos o las expectativas que los demás depositan en ellos.
Son personas en construcción, con una identidad mucho más amplia que cualquier característica que podamos atribuirles. Y esto no significa ignorar lo que necesitan mejorar.
Podemos poner límites, exigir responsabilidades, acompañar aprendizajes y señalar aquello que necesita cambiar. La diferencia está en hacerlo sin cuestionar su valía personal. Podemos transmitir un mensaje muy distinto:
«Esto que ha ocurrido necesita cambiar, pero confío en tu capacidad para aprender».
Porque cuando miramos a nuestros hijos desde sus posibilidades, y no únicamente desde sus dificultades, también les ayudamos a descubrir otros aspectos de sí mismos.
UNA PEQUEÑA BRÚJULA: cambiar la mirada para abrir posibilidades
Te propongo un ejercicio sencillo para esta semana.
1. Observa tus palabras.
Presta atención a cómo describes a tu hijo o hija, especialmente cuando estás enfadado, preocupado o hablando con otras personas.
¿Qué etiquetas aparecen con frecuencia?
2. Separa a la persona de su comportamiento.
Cuando aparezca una frase como «eres un desastre», intenta transformarla en una observación concreta:
«Últimamente te está costando organizar tus cosas. ¿Qué crees que podría ayudarte?».
3. Amplía la imagen que le devuelves.
Busca un momento para reconocer algo que quizá pasa desapercibido: su creatividad, su capacidad de escuchar, su sentido del humor, su sensibilidad o el esfuerzo que está realizando.
No se trata de elogiar por elogiar, sino de mirar a la persona de una forma más completa y auténtica.
Y, si surge la oportunidad, puedes preguntarle:
«¿Hay algo de ti que crees que los demás no terminamos de ver o comprender?».
Escucha su respuesta sin corregirla inmediatamente. Puede sorprenderte.
Confiar en la persona que está llegando a ser
Acompañar la adolescencia supone aceptar que nuestros hijos están construyendo una identidad propia.
Y que esa identidad no tiene por qué coincidir con la que imaginamos para ellos.
Nuestra tarea no consiste en decirles quiénes tienen que ser, sino en ofrecerles relaciones y espacios donde puedan conocerse, explorar sus posibilidades y reconocerse valiosos.
Incluso cuando se equivocan.
Incluso cuando no responden a nuestras expectativas.
Incluso cuando todavía no saben quiénes quieren ser.
Porque el autoconcepto no es una fotografía definitiva. Es una construcción que puede seguir evolucionando.
Y nosotros podemos contribuir a que esa construcción esté acompañada de confianza, respeto y aceptación.
Te dejo una pregunta para reflexionar:
Cuando miro a mi hijo o hija, ¿estoy viendo a la persona que es hoy, con todas sus posibilidades, o a la que espero que llegue a ser?
¿Y si tu hijo o hija necesita descubrir una mirada diferente sobre sí mismo?
En ocasiones, detrás de la desmotivación, la inseguridad, la comparación constante o el miedo a equivocarse, encontramos adolescentes que todavía no han descubierto sus propios recursos y capacidades.
A través de BETEEN, mi programa de coaching para adolescentes, acompaño procesos de autoconocimiento, identidad, bienestar emocional y desarrollo personal, respetando el ritmo y la singularidad de cada persona.
Si sientes que tu hijo o hija podría beneficiarse de este acompañamiento, podemos tener una primera conversación gratuita de valoración para explorar su situación y conocer cómo trabajo.
Un abrazo cariñoso
Arantxa


