La lealtad es un valor profundamente arraigado en muchas culturas, familias y sistemas sociales.
Se transmite a menudo como una virtud incuestionable, un compromiso noble hacia los demás, una forma de amor silencioso y constante.
Me encuentro en procesos de coaching con adolescentes, donde este valor es uno de los más importantes para ellos, sobre todo con sus amistades, pero también hacia sus familias.
Si abrimos la mirada hacia este valor con una lupa más amplia y compasiva, entendiendo tanto su fuerza como sus posibles sombras, podemos deducir cuánto impacta en adolescentes y jóvenes.
Lealtad: ¿de dónde viene?
En muchas familias, la lealtad es parte del entramado invisible que une generaciones. No siempre se expresa de forma explícita, pero actúa como una corriente subterránea que moldea comportamientos, decisiones y vínculos entre sus miembros.
Puede estar anclada en creencias como: «la familia está por encima de todo», «uno debe estar siempre para los suyos» o «los trapos sucios se lavan en casa» y con respecto a las amistades: «lo que hablamos o hacemos queda en nuestro círculo», «si te necesito, espero que estés ahí, pase lo que pase». Estas frases, aunque cargadas de intención positiva, pueden tener un efecto de peso en los adolescentes.
Ivan Boszormenyi-Nagy, creador de la Terapia Contextual, introdujo el concepto de lealtades invisibles: dinámicas profundas que pasan de generación en generación, marcando lo que se espera de cada miembro del sistema familiar. Estas lealtades pueden ser fuente de sentido, pertenencia y dirección, pero también pueden convertirse en cargas pesadas cuando se viven sin conciencia o sin posibilidad de cuestionamiento.
Lealtad y adolescencia: el dilema interno
La adolescencia es una etapa de transición, búsqueda y afirmación de la identidad.
En este proceso, las lealtades familiares —implícitas o explícitas— pueden entrar en conflicto con el deseo de autonomía y exploración. Para mí, es común encontrarme con adolescentes que sienten que no pueden expresar lo que piensan o desean por miedo a traicionar a su familia o romper con expectativas que no eligieron conscientemente.
Desde el coaching ontológico, comprendemos que el ser humano es un ser interpretativo y que gran parte de su sufrimiento nace no tanto de los hechos en sí, sino de los significados que otorga a esos hechos.
Así, un adolescente puede vivir la distancia con un hermano como una «traición» o el deseo de estudiar otra carrera distinta a la tradición familiar como una «deslealtad». Estos juicios, cuando no se conversan ni se revisan, pueden generar culpas profundas y silenciosas.
La lealtad mal entendida entre pares
En el mundo social adolescente, la lealtad también juega un rol clave.
Ser leal a un amigo puede entenderse como una muestra de amor o compromiso. Sin embargo, cuando esta lealtad se vuelve incondicional y ciega, puede llevar a dinámicas tóxicas: mantenerse en vínculos abusivos, guardar secretos que dañan, aceptar tratos injustos o silenciar la propia voz para no romper el grupo.
Muchos jóvenes no distinguen entre la lealtad saludable y la fidelidad impuesta.
La presión de grupo, el miedo a ser excluidos o etiquetados como «traidores» puede llevarlos a asumir comportamientos que atentan contra su integridad.
Desde la perspectiva del desarrollo personal y el crecimiento como personas, el desarrollo sano del ser humano implica establecer vínculos basados en el respeto mutuo, la autenticidad y la reciprocidad, no en la subordinación emocional o el sacrificio constante del propio bienestar.
La carga de la lealtad en las familias
Hay adolescentes y jóvenes que cargan con responsabilidades emocionales que no les corresponden: cuidar a un adulto, mediar entre padres, asumir roles parentales con hermanos menores, sostener económicamente al hogar, entre otras. A menudo, lo hacen desde una lealtad silenciosa y amorosa, pero que con el tiempo puede generar ansiedad, burnout emocional o sensación de vacío o de falta de identidad personal.
Virginia Satir, pionera de la terapia familiar sistémica, hablaba del «niño parentalizado»: aquel que toma roles de adulto para mantener el equilibrio familiar. Estos jóvenes crecen rápidamente, pero a costa de postergar su propio desarrollo. El crecimiento genuino solo puede darse cuando el entorno permite la expresión del yo auténtico, sin exigencias desproporcionadas.
Hacia una comprensión más sana de la lealtad
Revisar el concepto de lealtad no implica negarlo, sino resignificarlo. Es posible enseñar a los jóvenes que la lealtad comienza por uno mismo: ser fiel a lo que sienten, a lo que necesitan, a lo que sueñan. Desde allí, pueden construir relaciones más conscientes, donde elegir estar con otros no sea una obligación, sino una elección genuina.
La lealtad sana se basa en el respeto, la comunicación abierta, la posibilidad de decir «no» sin culpa y la conciencia de que los vínculos verdaderos no se sostienen por miedo, sino por amor libre.
Acompañar a adolescentes y jóvenes en este proceso requiere presencia, escucha activa y espacios donde puedan cuestionar, explorar y redefinir sus propias creencias. Como adultos, podemos ayudarles no diciéndoles qué pensar, sino generando preguntas que les permitan descubrir su propia brújula interna.
Mostrarles como en ocasiones, ser leal puede ir en contra de ellos mismos, de lo que son y de lo que quieren, y cómo aprender a poner límites y ser coherentes con sus principios y valores.
Ayudarles a tomar consciencia de cómo su cuerpo les avisa cuando no están siendo cuidadosos con ellos mismos, como pueden si prestan atención detectar una incomodidad, una molestia (un nudo en el estómago, sensaciones de desagrado…) ¡alerta!, es su cuerpo avisando de que paren un momento, y miren qué están traicionando de ellos mismos.
Algunas preguntas poderosas para acompañar este camino:
- ¿A qué personas o ideas sientes que les debes algo?
- ¿Qué es para ti ser leal?
- ¿Hay vínculos donde sientes que ser leal te duele?
- ¿Qué pasaría si pudieras ser leal a ti mismo/a primero?
En mis procesos de coaching
Desde el enfoque del coaching ontológico y ecointegrativo, nombrar estas tensiones, hablar de lo que duele, poner en palabras lo que parecía incuestionable, es el primer paso hacia una vida más auténtica.
En sesiones, acompañar a que los adolescentes sean conscientes de esas lealtades, ¿para qué las cumplen?, ¿son elegidas o heredadas?, ¿me pierdo yo al ser leal con otros? Es un trabajo imprescindible para su construcción como personas.
Tener presentes estos conceptos:
La lealtad, bien entendida, no encadena: une con hilos.
Eduquemos en lealtades conscientes, no automáticas. En vínculos elegidos, no impuestos.
En fidelidades vivas, no heredadas sin revisar.
Porque solo así, las nuevas generaciones podrán honrar su historia… sin dejar de escribir la propia.
Si eres adolescente/joven o bien tienes un hijo o hija, y crees que le podría ayudar este acompañamiento, puedes reservar una sesión de evaluación conmigo sin compromiso.
Gracias por estar aquí,
Un abrazo
Arantxa 🙂


