Hay una frase que me sale sola cuando acompaño a adolescentes (y también cuando soy madre/tía/educadora en modo “humana”): “Me doy cuenta de que no estoy viendo lo que hay… estoy viendo lo que temo”
Esta semana os traigo una vivencia mía, personal, como madre. El domingo hicimos un plan de familia (tengo dos hijos adolescentes) y disfrutamos de un día juntos. Hasta aquí todo bien, ¿verdad? La «enjundia» viene de antes, ya que yo soy muy pro planes en familia, pero antes de proponerlos me asaltan pensamientos del tipo:
- «Voy a proponer un plan que me parece que les puede gustar a todos y me van a poner caras raras.
- «No van a querer pasar un domingo con sus padres, pudiendo estar con sus colegas, o en la cama u otro plan más apetecible»…
Os confieso que casi no lo propongo, casi me callo y lo dejo pasar.
Pero tuve un momento de autoobservación y me di cuenta de que quien hablaba no era yo, eran mis miedos, mis miedos a supuestos y a posibles pensamientos de mis hijos, cuando ni siquiera había propuesto nada.
Lo que ocurrió fue bien distinto, lo disfrutamos y vino con un regalo de mi hijo más pequeño: «A mí me gusta que hagamos algún plan juntos; hablamos sin la prisa de todos los días». ¡¡¡Boom!!!
¿Cómo os quedáis? ¿Habéis vivido situaciones similares?
Ha coincidido, además, con una sesión ayer con una madre de un coachee que acompañó, en la que los miedos, los peligros, todo lo malo que le va a ocurrir a su hijo si hace tal o cual cosa, le están alejando de su hijo y de lo que ocurre en realidad.
De ahí que hoy quiera profundizar con vosotros en este tema: SI EDUCAMOS DESDE EL MIEDO, NO ESTAMOS EN LO QUE OCURRE AQUÍ Y AHORA.
Cuando educamos desde el miedo, dejamos de educar en presente
Nuestros miedos vienen de tres lugares muy concretos:
- Miedos del pasado: lo que vivimos, lo que nos faltó, lo que nos dolió, lo que prometimos que “no repetiríamos”. Ahí nace (en parte) la “mochila” de creencias y heridas que se cuela en las conversaciones sin pedir permiso.
- Miedos del presente: el estrés, la sobrecarga, la falta de tiempo, la comparación (con otros adolescentes, con otras familias), la sensación de “no llego”.
- Miedos del futuro: “si ahora no lo enderezo…”, “si se equivoca…”, “si se junta con…”, “si no elige bien…”.
Y aquí está el punto clave: el miedo estrecha la mirada.
El miedo como padre es una emoción legítima, que todos sentimos. Se despierta en nosotros el deseo de protección más ancestral y hacemos todo lo que está en nuestras manos para que a nuestros hijos nada les dañe.
El miedo es bueno, nos pone en alerta ante peligros, nos permite adelantarnos a posibles contratiempos, nos ayuda a adaptarnos y cuidarnos, pero siempre que sea ante miedos reales o potenciales, no a miedos imaginados o que predecimos.
En concreto, en la adolescencia nos hace ver amenazas donde a veces solo hay etapa, búsqueda, cansancio, necesidad de pertenencia o de autonomía.
Daniel J. Siegel explica que la adolescencia es un periodo de reorganización: búsqueda de novedad, intensidad emocional, necesidad de pertenencia y de independencia.
No es un “capricho”: es desarrollo.
Cuando los adultos responden con control en vez de relación, lo más habitual es encontrar resistencia.
Y desde la psicología humanista (Carl Rogers), sabemos algo muy simple y muy potente: la relación es el instrumento. Cuando la persona se siente escuchada, comprendida y aceptada, se abre a explorar y cambiar. Cuando se siente juzgada o controlada, se defiende.
La trampa: “Controlo porque te quiero”
Muchos padres y madres no controlamos por «fastidiar». Controlamos por amor… y por miedo.
El problema es cómo lo recibe un adolescente:
- “Me supervisas” = “no confías en mí”
- “Te corrijo todo” = “no soy suficiente”
- “Te protejo de todo” = “no crees que pueda”
Y ahí se rompe la conexión con el presente.
Además, la evidencia sobre motivación y desarrollo (teoría de la autodeterminación) apunta a tres necesidades psicológicas básicas: vínculo, autonomía y competencia. Cuando el adolescente percibe que no tiene voz (autonomía) o que solo se le mira el fallo (competencia), baja la motivación y sube el conflicto.
Preguntas de reflexión
Te propongo que las respondas con honestidad (no para juzgarte, sino para verte):
- ¿Qué es lo que más temes realmente de tu hijo/a? (fracaso, drogas, malas compañías, soledad, tristeza, “perderle”, que repita tu historia…)
- ¿Ese miedo es del presente… o viene del pasado?
- Cuando reaccionas, ¿qué aparece más: control, juicio o urgencia?
- ¿Qué “frase invisible” llevas en tu mochila? (Ej.: “la vida es dura”, “si no aprieta ahora…”, “a esa edad no sabe…”)
- Si hoy pudieras cambiar una cosa: ¿preferirías tener más obediencia o más conexión?
- ¿Qué señales reales tienes de lo que ocurre… y cuáles son suposiciones o tus interpretaciones?
- ¿Qué necesita tu adolescente de ti ahora mismo: límite, escucha, confianza, estructura, reparación?
Del miedo a la presencia: una práctica eco-integrativa
Este miniproceso (1 minuto) cambia conversaciones:
Antes de hablar:
- ¿Qué emoción traigo? (miedo, impotencia, enfado, vergüenza)
- ¿Qué historia me estoy contando? (“Se me va”, “va a fracasar”, “me desafía”)
- ¿Qué necesito yo ahora? (calma, seguridad, control, descanso)
- ¿Qué podría necesitar él/ella? (validación, espacio, orientación, pertenencia)
Cuando hacemos esto, dejamos de entrar como “policía del futuro” y entramos a la conversación como un adulto regulado emocionalmente en el presente.
¿Cómo empezar a dejar de creernos la película que nos contamos y conectar con la realidad?
1) Separar hechos de interpretaciones (modo detective)
- Hecho: “Hoy no ha hablado mucho”
- Interpretación: “Está fatal / se está perdiendo / me rechaza”
Entrena a decir: “Lo que sé es… lo que imagino es…”
2) Cambia interrogatorio por puentes
En vez de “¿Qué tal en clase?”, prueba:
- “¿Qué ha sido lo más pesado del día?”
- “¿Qué te ha hecho reír hoy?”
- “Si tu día fuera una escena, ¿cuál sería?”
3) Valida antes de orientar (Rogers en casa)
Validar no es dar la razón. Es decir:
- “Tiene sentido que estés así”
- “Lo entiendo, suena frustrante”
Primero conexión, luego guía.
4) Pide permiso para aconsejar
- “¿Quieres que te escuche o prefieres que te sugiera alguna idea?”
Autonomía baja defensas.
5) Sustituye normas rígidas por acuerdos con sentido
- “Necesito saber que estás seguro/a. ¿Cómo lo hacemos para que tú tengas espacio y yo tenga tranquilidad?”
6) Entrena mirada de fortalezas (psicología positiva)
Cada día nombra una fortaleza o recurso que hayas visto en tu hijo o hija.
- “Me gustó tu constancia con…”
- “Te vi cuidar de…”
- “Me impresionó cómo resolviste…”
Eso construye identidad sana: “Soy capaz”.
7) Reparar: el superpoder del vínculo
Si hablaste desde el miedo, repara:
- “Ayer te hablé desde mi miedo. Lo siento”
- “Quiero entenderte mejor”
La reparación enseña seguridad emocional y responsabilidad.
Para cerrar: presencia no es permisividad
No se trata de “dejar hacer” todo. Se trata de poner límites sin perder al hijo/a en el camino. La autoridad más efectiva en la adolescencia es la que se apoya cuidando el vínculo: firmeza + humanidad.
Si hoy solo aplicas un hábito, que sea este: 10 minutos para conversar. Sin notas, sin sermón, sin “aprovecho y le digo…”. Solo estar. La conexión se construye en micromomentos repetidos.
Si sientes que el miedo te está llevando a controlar, discutir o desconectarte (aunque ames con locura), puedo acompañarte.
Facilito procesos de coaching para madres/padres y educadores, y talleres prácticos para aprender a regularte, escuchar y poner límites con vínculo. Solo tienes que escribirme y concertamos una primera minisesión para valorar la mejor forma para acompañarte.
Gracias por estar ahí,
Un abrazo
Arantxa
FOTO: FREEPK!


